Anacronías de un nacimiento anunciado

A Sebi

Medianoche del 7 de marzo, dentro de nueve horas, nueve años atrás, nacerá mi hijo.
Acabo de enviar un email con el adelanto obligado del trabajo del próximo mes para poder afrontar la licencia.
Gajes del oficio, disociación operativa o como sea que se designe a aquello que hace que una pueda razonar, ajena a las interferencias de las emociones, logré escribir haciendo uso de esa sobreadaptación irrespetuosa de la sensibilidad y la naturaleza, una abusiva cantidad de notas y los guiones que escribía para una historieta absurda, con mi conciencia fragmentada.
Un hijo es futuro,
y mi conciencia deambulaba entre sueños y risas de futuro, que se colaban entre mis dedos que tipeaban y pensaban y sentían.
Esas emociones que dan sentido a una vida tuve que acallarlas por un empleo que ya no es. Pero sólo por unas pocas horas más.
Ya es medianoche y el trabajo está terminado, entonces puedo sacar del rescoldo de mi alma todo lo que siento, en la víspera del futuro.
Pasaron treinta minutos de la medianoche y me tiento con escuchar un preciso CD que atesora la música que elegí para que me acompañe en una cesárea decidida por otros y que presiento insípida, aséptica. Pero no, logro contenerme, el cd será estrenado en el sanatorio.
¿Cómo es su cara y cómo son sus ojos? ¿Cómo se siente él, aún aquí?
El es Sebastián. El ya es.
Treinta versiones diferentes del Canon en Re de Pachelbel fueron grabadas en un dvd hace un mes, con el deliberado deseo y merecido placer de disfrutar esa hermosa música en el momento del nacimiento de mi hijo. Tres horas y media de Pachelbel. El Canon por la trompeta de Miles, la versión de un coro de niños en latín, el Canon interpretado por la trompeta de Wynton Marsalis, el Canon en violín, el Canon en flauta y volver con Miles Davis y el coro y… Tres horas y media de Pachelbel que me van a acompañar dentro de unas pocas horas. Porque quiero que esa maravillosa música sea el primer sonido que escuche Sebastián, antes que voces extrañas. Y porque quiero llevar un poco de intimidad al ámbito casi público de la sala del quirófano. Porque quiero imponer algo elegido por mí. Ya que no elegí la cesárea, la música la llevo yo.
Suena un timbre. Seis de la mañana. Bolso, ascensor, baúl del remise, Cabildo, Pueyrredón. Quirófano del piso…
Todo pasa tan rápido que estoy ahora esperando por ver a Sebastián. Personas, luces, voces, alguna caricia y a veces me miran. Yo permanezco quieta, , sólo puedo mirar el techo, pero me siento grande, inmensa, soy puro sentimiento y deseo, mientras escucho el sonido mágico de Pachelbel que impregna todos mis sentidos.
Me interrumpe una enfermera con lápiz y papel:
–¿Qué es esto tan lindo que se está escuchando? –me pregunta tímidamente, a sabiendas de su intromisión.
Me río de pura ternura. El cirujano del quirófano de al lado la envió de mensajera. Ella le preguntó a mi médico y él a otro y a otra, porque nadie sabe cómo se llama esa música maravillosa que pintó de calma alegría una fría sala de operaciones.
No sé cuántos minutos transcurrieron desde que la enfermera se llevó anotado “Canon de Pachelbel” repetido en papelitos que se pasaron de mano en mano, hasta que lo veo. Es mi hijo. Ahí está ante mis ojos, él flota sostenido por dos manos unos pocos segundos, apenas los suficientes para descubrirlo. Segundos de ojos bien abiertos que me miran, y de brazos que se estiran hacia mí en una señal inconfundible. Ojos, brazos y un pequeño quejido. Escucho su leve voz de recién nacido que en un instante logra anular la percepción de todos los otros sonidos.

Es la una y media de la madrugada. Dentro poco más de siete horas Sebastián cumplirá nueve años. No se durmió todavía, está armando una nave espacial con bloques que acaba de estrenar, regalo anticipado al día de su cumpleaños a fuerza de esa tenaz insistencia que nos regalan los niños cuando no soportan secretos ni sorpresas.
Como hace casi nueve años, estoy escuchando la circularidad de esas tres horas y media de versiones del Canon en ese CD que atesoro, mientras mi hijo arma y construye su vida y su futuro a su modo, y yo, que no soy la misma, me conmuevo con la misma dicha.

María Fernanda Barro Gil
7 de marzo de 2012, 1.30 hs

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *